El cacao también tiene mal genio
Crónicas dulces (y un poco amargas) desde el corazón de abuela ili.
Hay días en abuela ili en los que todo parece ir sobre ruedas. Las máquinas funcionando, el aroma a chocolate invadiendo el aire, y uno se siente casi como un alquimista que convierte el caos en dulzura.
Pero de repente… aparece ese chocolate rebelde, el que viene con ganas de pelea.
Lo metes en la templadora, haces todo como siempre, mides, controlas, rezas un poquito, y cuando empiezas a sacar las bandejas… ¡zas!. Cuatro bandejas, cinco, diez… todas con manchas de atemperado.
Para el que no está en el tema: esas manchitas no son otra cosa que manteca de cacao aflorando, una cristalización mal hecha. En cristiano: el chocolate está rico, sí, pero visualmente parece que sufrió un ataque de nervios. No brilla, se pone opaco, y claro, uno lo mira con esa mezcla de bronca y resignación que solo entiende el que pasó un día entero detrás de una templadora caprichosa.
Y ahí empieza el drama. Porque uno ya venía con la cabeza llena de otras cosas —proveedores, clientes, facturas, que si el stock, que si la máquina de granizados se trabó otra vez— y justo ese día el cacao decide tener mal genio.
Y te preguntas: ¿por qué hoy?
¿Qué te hice, chocolate, para que me vengas con esto? Si te traté con cariño, te derretí despacio, te di tu tiempo, tu temperatura, tus vueltas.
Nos miramos entre todos en la fábrica, cada uno con su teoría conspirativa: que si el termómetro miente, que si el aire está húmedo, que si Mercurio está retrógrado. Y mientras tanto, las bandejas siguen saliendo con esas manchitas que parecen decirnos “no me subestimen, humanos”.
Pero después, cuando se nos pasa el ataque de nervios y nos tomamos un respiro, lo vemos claro. La gente ama abuela ili no solo por el brillo del chocolate, sino por el alma que tiene detrás. Por el esfuerzo, el mimo, las locuras que vivimos todos los días para que cada tableta tenga algo nuestro.
Y sí, a veces el cacao se levanta cruzado, como cualquiera de nosotros. Así que ya está: si algún día ves una tableta con un humor raro, piensa que es parte de la familia. Un poco gruñona, un poco imperfecta… pero nuestra.
Y como toda familia, se la quiere igual.


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